“Valek no era un caballo como los demás.
Aunque yo no lo conocí personalmente, no se cuál fue su cuna.
Pero, ¿acaso puede un caballo tener cuna?
Creo que tal vez no tuvo siquiera una mamá.
Porque había algo en su cara que parecía decir
que no había tenido siquiera una mamá.
Valek era un caballo muy extraño. Y era un caballo solitario.
Siempre estaba un poco triste. Pero empecemos por el principio:
Por mi propio abuelo. El señor Valeska. Wanja Valeska.
Era artillero. Sin embargo, no le gustaba serlo.
¿Cómo puede un hombre bueno querer ser soldado? Siempre,
cuando hacía de soldado, tenía un aspecto pálido y enfermizo.
Y todos le decíamos: “no va contigo, eso de ser soldado.”
Pero, ¿de que servía?
¿Qué puede el hombre contra su obligación?
No obstante, a él le gustaba mucho más estar tumbado
en la hierba y soñar. Soñar que nunca tendría que volver
a ser soldado, sino carbonero en un bosque, muy lejos de todos.
Pero lo que le gustaba más era soñar con un caballito blanco.
Siempre había deseado un caballito blanco, un Valek.
Sería su amigo. ¡Wanja Valeska estaba siempre tan solo,
por más que hubiera muchísimos soldados! A veces hubiera
tenido que ayudarle Valek a tirar de su carro. Un poquito sólo,
porque sería su amigo. Wanja Valeska soñaba y envejeció.
Cuando ya era viejísimo, obtuvo un caballo blanco. Valek.
De pronto estuvo allí. Wanja Valeska yacía tumbado
en la pradera y soñaba una vez más.
“Valjoschka, caballito mío,” le dijo, “¡quédate conmigo!
Serás mi único amigo.”
Y en aquel preciso instante, Valek dejó de ser un caballo extraño.
“Caballito mío,” dijo todavía Wanja.
Y lo besó y lloró y se murió. Entonces, Valek lloró también
Diecisiete días lloró Valek sobre la tumba de Wanja Valeska.
Diecisiete días y diecisiete noches.
Lloró sobre la tumba donde habían escrito:
“Aquí yace Wanja Valeska, un artillero.”
Todos lloraron diecisiete días y diecisiete noches,
y echaron un traguito. ¡Era terrible! ¿Acaso no hay que llorar
cuando muere un hombre tan bueno? ¡Pasa tan pocas veces!
Todos hubieran llorado siete años, si no hubiese llegado Jarosch.
Jarosch era un pillete y un gitano.
Sabía tocar cosas preciosas en su violín negro. Todos dijeron:
“¡Toca algo, pillete!” Y entonces tocó de tal manera,
que todos lloraron con más fuerza y echaron otro traguito.
¡Era tan hermoso!
Pero era un llorar distinto. Un llorar muy bonito
Luego dejaron de llorar. También Valek.
Porque Valek se enamoró del violín.
Era maravilloso. Y así siguió Valek, el caballito, a Jarosch,
en la noche orcura como boca de lobo.
Por su propia voluntad. Nadie hubiera podido decir
que Jarosch había robado a Valek.
No, era algo muy distinto. Valek se enamoró del violín.
Y es que, ¿acaso no tenemos todos que amar algo?
Autor: Horst Ecker "JANOSCH"

Es interesante la historia pero no se sabe si se trata del caballo del sr Velaska, esta medio enredoza no creen
ResponderEliminarLa historia es sobre el caballo. El Sr. Valeska era el dueño... y tocaba el violín. Y Valek se enamoró del violín y amo a su dueño. Es triste...
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