Esta es la historia del hombre más triste del mundo…
Él caminaba por las calles de la ciudad, sin ningún rumbo fijo. Era el hombre más triste del mundo.
Nadie conocía el origen de su tristeza. Y el los veía a todos. Sus ojos no escudriñaban, pero observaban a las personas de forma que no los hacía sentir incómodos, pero a la vez, los espantaba. Y él lo sabía.
En la plaza, se sentó a ver jugar a los niños fútbol. Y uno de ellos, en su patada, envió la pelota a donde estaba él. Él se levantó para darle a los niños su esfera, tratando de sonreír… pero los niños se alejaron de él apenas tuvieron su juguete de vuelta.
Cabizbajo, tomó su mochila y siguió su andar por la pequeña ciudad. Pagó un jugo de frutas en una fuente de sodas a la que entró. Y es que hasta el hombre más triste del mundo padece sed. Salió del establecimiento en dirección al poniente. Quiso pagar una entrada al cine, pero no se lo permitieron. Dijeron que era porque estaba triste, y que no tenía caso entrar a ver una comedia si él no podía reír. Guardó el dinero en su cartera y dio la media vuelta. No le importaba haber sido tratado tan groseramente.
Al caer la tarde, llegó a una iglesia, donde él sintió que quizá hallaría un poco de paz a su corazón lleno de pesar. Pero el sacristán de la Casa de Dios tampoco le permitió el acceso, decretando que no era el único pecador que buscaba a Dios solo para sanar una pena blasfema y que Dios no aceptaba a pobres diablos como él.
Así era la vida del hombre más triste del mundo. Hasta Dios se había negado a permitirle descansar en su casa. Él pensó inmediatamente que Dios quizá tenía muchas cosas en su cabeza como para recibir a un tonto como él, pero que Dios se equivocaba al predicar el respeto hacia el prójimo. Y se dio cuenta de que conocía a Dios mejor que el resto de los hombres: solo era un ser convenenciero y un Padre desobligado.
Sacó algo de su mochila para entregárselo al sacristán. Le tomó la mano para abrírsela, y depositó dos monedas: una tenía cara y la otra tenía la cruz, pero eran los únicos lados que, respectivamente, tenía cada unidad de cambio.
Los lentes oscuros se quitaban para darle paso a la noche. La ciudad estaba envuelta en el bullicio de la noche; las luces brillaban y bailaban alegremente ante los ojos de los habitantes del lugar, y los olores a cerveza, vino barato, mujeres desnudas y sangre le producían un asco sin convulsiones al olfato del hombre más triste del mundo…
Atravesó callejones y plazuelas llenas de damas nocturnas y hombres femeninos; de mojigatos reverendos religiosos que entraban a las casas de burlesque y burdeles de la comunidad, incluyendo el que le dijo que Dios no tenía tiempo para atenderle pues estaba en un negocio con los justos que podían ser arcángeles sagrados si ellos no entendieran que los pecadores eran el mal necesario que tanto requerían para ser seres sagrados en base al verde que llenaba sus carteras. Y el hombre más triste del mundo solo observaba.
Observar… ¡JA! ¿A esto había llegado a ser? ¿A solo observar como los demás podían ser felices, excepto él? Había ocasiones en que el hombre más triste del mundo se preguntaba si alguna vez en su miserable vida había estado contento… había experimentado gozo y risas… pero el es quien es… ¿acaso importaba?
El hombre más triste del mundo deseaba escupir al piso esta blasfemia y mentira que sus ojos habían experimentado… pero no había cuervos que se dieran un banquete con ellos, por lo que ya no le tomó importancia a las cosas. Con su mochila al hombro, había resuelto salir de ese hoyo de infame embustería que había visitado, reflexionando sobre lo que había visto y en la noche.
Pronto, el hombre más triste del mundo había llegado a una estación de trenes. Había caminado todo el día, y se sentía cansado. Mientras esperaba el tren, del cual ya tenía el boleto en la mano, una anciana con tres gatos se había sentado a su lado.
Uno de los gatos le veía interrogante, como preguntándole que era la razón por la que sus ojos mostraban el peso de lágrimas, desvelos y golpes espirituales. ¡Ah, si ese gato le hubiese hablado! Tan siquiera el hombre más triste del mundo conocía el lenguaje de los gatos. ¡Y el lenguaje de los gatos es el más puro de todos los lenguajes animales, pues ese lenguaje estaba por encima del de los perros, las gaviotas y ocasionalmente el de Dios y el Diablo! La señora de al lado le propinó sendo golpazo con su bolsa llena de cosas de ancianita, pero al ver sus ojos, al ver los ojos del hombre más triste del mundo, ella retuvo un grito aterrador de lo que vio en ellos, disculpándose por su violenta intromisión en sus pensamientos y moviéndose hacia otro lado del andén de trenes.
Y, como no lo había hecho en mucho tiempo, el hombre más triste del mundo pensaba en su mirada. ¿Había siempre sido así de triste y profunda, o existía algo que podía helarle la sangre hasta al mismísimo Sansón? Todos le huían a su mirada por algún motivo, y él sabía cual es… solo que nunca diría el por qué… ¿qué puede hacer el hombre más triste del mundo si sus ojos son así? No eran grandes o pequeños, pero tenían el tamaño justo.
Quienes no se fijaban en la profundidad de ellos decían que eran ojos grises o totalmente inexpresivos, pero eso le importaba poco al hombre más triste del mundo. Sus ojos lo habían visto todo. Ya nada le podía sorprender a una persona que tuviese esa vista. Después de todo, el hombre más triste del mundo había recorrido el mundo y sabía demasiado sobre él y sus vicios, clamores y onírica mentira traicionera.
En la parada del tren, el capataz anunciaba la llegada del tren hacia ninguna parte. El hombre más triste del mundo estaba cansado… sus ojos, su figura y su voz se quebraban ante la majestuosa inminencia del tren hacia ninguna parte. Y por primera vez en años, los ojos del hombre más triste del mundo lloraban, como si recordara cabalmente por qué había recorrido la ciudad… por qué había vivido cada una de las vidas que le permitieron a estas alturas ver lo que era esencial en este relato.
Esta es la historia del hombre más triste del mundo. Te la escribo para que me permitas explicarte todo lo que le pasó a él. Para que puedas reflexionar sobre todo aquello que tú no ves, pero que te sigue… te espanta… te hace huir de ello.
Quizá me odies porque es probablemente tú hayas experimentado un poco de lo que el hombre más triste del mundo ha hecho y te rehúses a reconocerlo…
Quizá ya no me quieras leer porque ataqué a tu ego y moví un poco tu corazón y tu mundo o te parezca esto tan indiferente que así me verás, porque tal vez no sirva para contarte historias.
Y sé que te preguntas por qué se me ocurrió hacerte perder el tiempo con ello. Bueno, hay una cosa de la que estoy seguro te puedo decir…
Esta es la historia del hombre más triste del mundo…
¿Qué como lo sé? Jeje… porque…
Yo soy el hombre más triste del mundo…
miércoles, 12 de agosto de 2009
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